Elefantes en el desierto

Uno de los episodios más conocidos de la Segunda Guerra Púnica (218 a.C – 201 a.C) es la travesía del ejército cartaginés por la costa mediterránea ibérica, la Galia Narborense y los Alpes con el fin de llegar a conquistar Roma por su retaguardia. La estrategia del general cartaginés Aníbal era llevar la guerra a territorio romano, alejarla de Cartago y evitar la batalla naval en la que Roma era superior.
La historia en si ya es apasionante, ya que una derrota romana habría cambiado toda la historia mundial posterior, pero hay un ingrediente que lo hace aún más increíble: el ejército cartaginés contaba con elefantes.
Nos podemos imaginar que los elefantes fueron los primeros Panzerdivisionen de la historia, pero parece que no es así, al menos entre los cartagineses, sino que eran utilizados como atalaya en segunda línea por arqueros. Según las fuentes, dicen que el propio Aníbal dirigía las batallas desde lo alto de uno de ellos.
Sea como fuere, el propósito de esta entrada, no es contar la historia de Cartago, Roma y las Guerras Púnicas, sino hablar un poco sobre elefantes y el cambio climático.
¿Elefantes, cambio climático? ¿Qué me estás contando?
Empecemos por los elefantes. Como todos sabemos, son animales herbívoros de enormes dimensiones. Esto supone que han de comer cantidades elefantiásicas (perdón por el chiste malo) de hojas, hierbas y frutos. Por hacer una comparación un poco tonta, imaginad a un luchador de lucha libre alimentándose únicamente de lechuga, rúcula y mandarinas. Complicado. Esto supone que el elefante se pasa el día y la noche comiendo y bebiendo, ya que también bebe enormes cantidades de agua cada día. Concretamente, el elefante come durante unas veinte horas al día. No para, y cuando lo hace es para dormir. Cuando los elefantes machos están en edad de merecer, demuestran su hombría moviendo y derribando árboles sin aparentemente demasiado esfuerzo. Son auténticas máquinas de deforestar.
Tienen una piel muy dura que les protege perfectamente de agresiones externas, no obstante, si el día es muy cálido, usan su trompa para arrojarse por encima arena y barro que les sirva de aislante. Los elefantes son normalmente animales pacíficos, están a lo suyo: comer y beber. Debido a su tamaño no tienen depredador alguno. Ni tigres, ni leones, ni leopardos osan a atacar a un elefante, ni siquiera a un bebé elefante, ya que la ira de los elefantes adultos del grupo (los elefantes se mueven normalmente en grupos) caería sobre ellos sin posibilidad de salvación. No obstante, los elefantes también se enfadan, aunque antes de atacar, advierten moviendo la cabeza de lado a lado mientras agitan las orejas. En ese momento, lo mejor es ponerse a rezar porque puede que salga enfurecido hacia ti. “¡Bah! pero los elefantes no corren nada”. Error. Un elefante alcanza los 60 km/h a la carrera. Ni el campeón de 100 metros de los Juegos Escolares de la Diputación de Ávila se libraría. El elefante es un animal muy veloz. En cuanto a lo de que los elefantes se asustan de un ratón, falso mito ¡Tienen a su alrededor todos los bichos del mundo y se van a asustar por un ratoncito! Lo que sí parece que les aterroriza es los chillidos de los cerdos. Cualquiera que haya asistido a una matanza tradicional sabe de que estoy hablando. Dice Wikipedia:

Se decía que los cerdos eran un arma más efectiva contra los elefantes. Plinio el Viejo comenta que “los elefantes se asustan del menor chillido de un cerdo” (VIII, 1.27). El sitio de Megara fue roto cuando los megarenses vertieron aceite sobre una piara de cerdos, les prendieron fuego y los lanzaron contra los elefantes de guerra enemigos. Los elefantes se desbocaron, aterrorizados por los chillidos de los cerdos llameantes.

Son selectivos en lo que comen. No todas las hojas y hierbas son comestibles, lo saben y evitan comer las que pueden causarles indigestión o son venenosas. Los elefantes también se emborrachan tomando el fruto del árbol conocido como marula, ingrediente principal de la bebida espirituosa Amarula. Al caer el fruto al suelo, fermenta y a los elefantes les encanta, así que a veces pasa lo que pasa.
Las heces del elefantes son un remedio natural en algunas tribus africanas a los resfriados, una especie de Vicks Vaporup. Consiste en hacer vahos con las mismas. Al contener tantas hierbas, dicen que despejan las vías respiratorias. Si alguien lo ha probado, por favor, que nos deje un comentario y nos cuente el resultado.

La cuestión es ¿de dónde sacaron los cartagineses los elefantes?
Hay dos tipos de elefantes en el mundo, asiáticos y africanos. Los cartagineses usaban en su ejército una especie de elefante africano, ya extinto, que capturaban en el Sáhara hace tan solo 2.300 años. Ayer en términos planetarios. Pero ¿cómo podía vivir un elefante en pleno desierto? Muy simple, no podía. Es decir, el Sahara se ha ido secando rápidamente en los últimos dos milenios. Fue un vergel hace mucho tiempo, pero no hace tanto, su facies era similar a la de la actual sabana africana, no muy verde, mas lo suficiente como para acoger especies tan glotonas como los elefantes. Las crónicas romanas hablan incluso de una ruta para cruzar el Sáhara a caballo, algo hoy día totalmente imposible. Los camellos, que tanto asociamos al desierto del Sáhara, son relativamente recientes. Se trajeron de Arabia sobre el siglo III d.C.
Este fenómeno no se da sólo en África, en América, concretamente el interior de California, albergaba rebaños de ovejas hace tan sólo cien años donde hoy día sólo sobreviven cáctus y árboles de Josué.

Los desiertos son fascinantes. Vastas extensiones vacías, en contacto directo con el cielo. Quizá por ello las tres grandes religiones monoteístas del mundo han nacido en un desierto. Paisajes monótonos en un primer vistazo, pero llenos de matices en un segundo. El desierto permite ver hasta donde nos alcanza la vista y al mismo tiempo concentrarnos en los minúsculos detalles del paisaje. Más o menos como en nuestra querida meseta.
Pero no es cómodo vivir en un desierto.
Si miramos un mapamundi, España se encuentra al borde del desierto más grande del mundo, el Sáhara. Quizá por ello me gusten los días lluviosos.
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