Algunas impresiones sobre Tenerife

He pasado recientemente unos días en Tenerife. Era mi primera vez en territorio nacional no peninsular y quería comentar la experiencia. Esta entrada no pretende ser exhaustiva porque la estancia, por desgracia, ha sido breve. Seguramente, muchos de vosotros habréis ido, así que podemos contrastar opiniones.

Lo primero es señalar que el vuelo fue con una compañía de bajo coste llamada Norwegian. Había visto su anuncio en la tele, pero era la primera vez que viajaba con ellos.  Aunque no me paguen un duro por publicidad, he de decir que me ha sorprendido gratamente. Personal amable, sin problemas si llevas un bolso de mano, no te cobran si no facturas en línea y el principal elemento diferencial y novedoso: WiFi a bordo gratuito. Además, no te marean con publicidad y el precio de la comida está en línea con el precio de las demás compañías, algo caro, pero asumible. Entre Ryanair, que no obstante ha mejorado bastante últimamente, y Norwegian, no hay color.

LLegamos al aeropuerto de Tenerife Norte y lo primero que llama la atención es como emergen las islas Canarias en medio del océano Atlántico. Dan cierta impresión de fragilidad desde el aire, como si pudieran sumergirse en la inmensidad del océano en cualquier momento.

Nada más aterrizar, y obviando el tema de la agradable temperatura, llama la atención lo verde del paisaje a pesar de estar sólo a unos cientos de kilómetros del Sahara. Se percibe un ambiente húmedo, con algo de bruma, pero no molesto. En el campo que circunda al aeropuerto, se aprecian algunos eucaliptos, quizá supervivientes de alguna explotación maderera.

No obstante, nuestro destino estaba en Costa Adeje, en el Sur de la isla, así que, tras una eterna cola para recoger el coche de alquiler, nos ponemos en camino. Desde la autovía no se puede apreciar gran cosa, pero desde luego el urbanismo que tenemos a nuestro alrededor no deslumbra.

Una vez dejado atrás Santa Cruz, la autovía discurre paralela a la costa y se aprecia claramente como, según nos alejamos del océano, la isla va tomando altura de modo continuo e inexorable hasta culminar en la montaña más alta de España, el Teide. No hay extensas mesetas, ni altiplanos, alguna terraza en el mejor de los casos. Se observan pueblos y alguna urbanización, aunque, por fortuna, no está toda la costa edificada masivamente, como es el caso de la costa mediterránea española. A esto, seguramente, ha ayudado que la línea de costa es bastante abrupta, no abundan las playas kilométricas precisamente.

Según avanzamos hacia al Sur, se aprecia como el paisaje torna del verde al amarillo. En 50 kilómetros hemos pasado de Asturias a Almería. Asimismo, se aprecia como los campos de cultivo empiezan a escasear debido a un suelo que es pura roca.

En cuanto enfilamos la costa Sur de la isla, el paisaje vuelve a cambiar, esta vez por la mano del hombre: urbanizaciones, pueblos cada vez más grandes y mucho más tráfico.

Encaramado en la montaña hay un pueblo llamado Adeje, pero nuestro destino en Costa Adeje.Me recuerda al caso de Mijas y su hermano costero: Mijas Costa.
Costa Adeje es nuevo, no busquéis un casco histórico, una ermita o unas casitas de pescadores porque no existen. Dejando de lado el punto hortera y pretencioso de algunas edificaciones,es agradable,tranquilo y bien ajardinado. Casi todos los hoteles son enormes y de cuatro y cinco estrellas. La mayoría de sus ocupantes jubilados y familias británicas, alemanas y rusas. Sí, hay muchos rusos. Empieza a ser raro oír hablar en español y los letreros en múltiples idiomas comienzan a ser la norma. Está claro, se busca turismo de cierto poder adquisitivo, aunque en temporada baja se puede ir a buen precio, como ha sido nuestro caso.

Costa Adeje se puede dividir en dos zonas, la Playa de Fañabé, más popular, y la Playa del Duque, vamos a decirlo claramente: muy pija. Esta playa recibe su nombre de una casa, más bien mansión, allí situada y construida durante la II República por el Duque de Abrantes con el fin de que alojara al depuesto Alfonso XIII. Dicen que hoy día pertenece a un político, pero no he podido averiguar nada más. La casa se encuentra semioculta por un enorme jardín con altas palmeras, así que para saber que tiene dos piscinas he tenido que recurrir a Google Maps.
Desde ambas playas se puede tocar casi con la mano la isla de La Gomera. Al final del día, el sol se oculta tras la isla de El Hierro, de manera que el perfil de esta isla se hace visible durante unos minutos.

En la Playa del Duque hay un centro comercial pequeñito con tiendas caras y semivacío, al menos en esta época. Las terrazas sí que tenían más vida. Se trata de restaurantes agradables, muy bien decorados y con  personal amable, pero tienen un gran problema: su comida. No es que la comida esté mala, no lo está. Es que adolece de personalidad y esencia alguna. Especialmente si tenemos en cuenta que no son baratos, unos 30 euros por persona aproximadamente. Hay un restaurante japonés, un italiano y varios que podríamos calificar de comida internacional, por decir algo. Tomas la carta y ves: cocina italiana, cocina mejicana, otros platos. Es decir, burritos, pasta, pizza y ensaladas principalmente. En algunos se puede pedir el “local fish”, pero ni lo promocionan demasiado, ni el camarero le da demasiado bombo.
Una pena, creo que se están equivocando dejando de lado los productos locales, como los pescados, morcilla y chorizo canario, quesos que los hay muy buenos, plátanos etc.

Un día lo dedicamos, como no podía ser de otra manera, al Parque Nacional del Teide, el más visitado de España. A mí me encantó la subida acometida desde el Sur de la isla en coche. La carretera tiene algún tramo bacheado, pero en general está en buen estado. La subida es un cambio continuo de paisaje: el paisaje semidesértico comienza a verdeguear. Después, vastos pinares alternando con antiguas lenguas de lava, hoy negros roquedales, que los pinos intentan colonizar. Estos pinos, tras milenios en contacto con el fuego, han desarrollado la capacidad de aguantar el fuego, de manera que una vez abrasados, como por arte de magia, vuelven a brotar y recuperar su verdor original. De hecho, alguno conserva en su tronco ennegrecido los restos de algún incendio. El suelo de roca volcánica es poroso de manera que bajo un manto áspero y seco, hay humedad. Sin embargo, las rocas, conforme seguimos subiendo, van ganando terreno a los pinos, cada vez más escasos, hasta llegar a un extensísimo altiplano, el único que he visto en la isla, del que emerge el tramo final del Teide, como guinda de un pastel de casi 4.000 metros. Aquí, la dureza del clima no permite que crezca apenas vegetación. Es un paisaje lunar en el que temes que en cualquier momento pueda haber de nuevo una erupción que arrase con todo y lo transforme de nuevo. Allí arriba hay un Parador de Turismo, un centro de visitantes y encaramado al pico, el teleférico. Nos bajamos del coche a tomar algo. El día es de un sol radiante, pero el viento es frío, excepto para algunos guiris expuestos en la terraza del centro de visitantes como lagartos. El teleférico no es económico, 27€, pero ¡qué vas a hacer si ya estás allí!. Aparcamos donde pudimos y para arriba. El teleférico, medio de transporte que no me hace mucha gracia, te deja a unos metros de la cumbre, pero sin un permiso especial, no puedes culminar. No me parece que valga mucho la pena, más allá de la satisfacción personal de llegar a la cumbre, pero teniendo en cuenta que de los 3.718 metros, nos hemos hecho 3.550 en coche y teleférico, no sería una gran gesta atlética. El teleférico te deja en un mirador con un caminito que rodea parcialmente el pico. Andar y hablar se hace complicado por la falta de oxígeno. Pero las vistas valen la pena. Si desde la propia playa, se ven las islas cercanas perfectamente, desde allí arriba parecen al alcance de la mano. El viento frío sopla con fuerza, no es agradable estar allí mucho tiempo, pero quizá sea el aire más puro que he respirado antes. Me hubiera gustado verlo nevado.

El último día, lo pasamos en Santa Cruz, la capital de la isla. En Santa Cruz, como no podía ser de otra manera, tienes dos opciones, o subes o bajas. El centro se articula en torno a dos calles paralelas peatonales donde están los comercios que encuentras en cualquier otra ciudad española. Desembocan en una amplia plaza, previa al puerto y son agradables para pasear, ver los escaparates y el paisanaje. No hay ningún edificio que destaque especialmente, aunque por nombrar alguno, me quedo con dos edificios más llamativos, el de Correos y la sede del Cabildo de Tenerife, ambos en la mencionada plaza. Son dos edificios de los años 30-40 del siglo pasado, exponentes de la arquitectura civil del momento. Sin embargo, el símbolo de la ciudad de Santa Cruz es el Auditorio del controvertido arquitecto Calatrava. Tenía ganas de verlo por lo espectacular que resulta en las fotos, pero he de decir que en persona pierde bastante. Además, los alrededores del edificio ni son bonitos, ni son agradables, ya que se encuentra encajonado entre el puerto, una autovía urbana y unas horrorosas instalaciones industriales.

Esa noche, la última en la isla, fuimos a cenar a La Posada del Pez, situado en un pueblo de pescadores a sólo 12 km de Santa Cruz. Según nos comentó el camarero, el dueño es un gallego que procura hacerse con buen pescado. La premisa es prepararlo de forma sencilla, sin mucho artificio. Ha sido galardonado como el mejor restaurante de pescado de Tenerife. Sin duda, fue el mejor que visitamos en la isla porque hay comida canaria de verdad, pescados autóctonos y se come bien. En nuestro caso, los pescados fueron cherne y pámpano. El cherne es un pescado blanco que vive en aguas profundas. Tiene una carne un poco dura y grasa. Recuerda al pez espada o emperador, aunque lo encontré más sabroso que éste. Como contrapunto al cherne, el pámpano es un pescado azul de carne laminada que recuerda al mero. Sin duda, un pescado más fino, por así decirlo.

Volveremos.

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